Claudia Rivero – Idilio campesino

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Como tantas otras veces, cuando cae la noche, cierro mis ojos y estoy de nuevo contigo. Beso otra vez tus yemas sucias, con las cuales acaricias mi boca y luego recorres desde mi cuello hasta los tibios abismos de mi cuerpo. Suave, lento, como un caracol que recorre un jardín. No me contengo entre los alfalfares, donde nadie nos molesta y podemos ser nosotros mismos. 

—Huyamos —te supliqué tantas veces, mis labios rozando tus oídos señalando a las cordilleras nevadas.

Era una locura pensarlo. Pablo es dueño hasta de las montañas mismas, hasta de los cóndores que vuelan sobre sus cimas. Es propietario de nuestras propias vidas, ni Dios está por encima de él. Pero me siento valiente cuando tus dedos están en mí, cuando paso mi lengua por tu cuerpo sudoroso y lleno de moretones y cicatrices (los mismos que hay en mi piel). Me lleno de fuerza en esos momentos, porque somos más que las cucarachas que solemos ser ante Pablo, somos más que los golpes, los castigos y los azotes. Solo cuando estamos juntos es posible soñar con una vida lejos, fuera del alcance de ese dios maldito. 

Por eso me gusta cerrar mis ojos y pensar en nosotros cuando cae la noche. Así casi no siento los dolores en los huesos por los golpes que Pablo me propina durante el día. Y no son pocas las patadas y puñetes, porque cuando él me pega, yo me río. Eso le desespera y me pega más. Me río porque no sabe que en la noche vuelves a acariciarme, tú, el sirviente a quien más detesta, a quien más patea además de a mí. 

—Huyamos —me susurras tú a veces, cuando yo no puedo contenerme y rompo con el silencio de las chacras. 

Muchas veces sueño que lo hemos logrado. Nos veo a nosotros tomados de la mano, atravesando los infinitos campos de cultivo hasta llegar a las cimas gélidas de los cerros. Allí nos calentamos con la suave tibieza de nuestros cuerpos por la eternidad, desnudos en las montañas, libres al fin.

Pero, aunque soñar es hermoso, no basta. Soñar en la noche es lo que nos incita a la acción en el día. 

Fue por esta razón que no me temblaron las manos cuando Pablo te disparó al descubrirnos juntos en el campo. No titubeé ni un segundo al ver una roca grande que estaba ahí cerca. Con ella aplasté su cráneo mientras él se ocupaba en ensañarse con tu cuerpo, tan amado, que minutos antes estuviera sobre el mío. Trituré su cabeza como a una cáscara de huevo.

Osé matar a un dios y tengo que pagar por ello, amor mío. Por eso hoy cayó mi noche. Por eso hoy, aquí, frente a los policías que me capturaron y que ahora van a ejecutarme por mi deicidio, cierro mis ojos y estoy de nuevo contigo. Con tu dedo sucio recorriendo lenta y suavemente mis cimas y abismos por siempre, desnudos en las montañas, libres al fin.