Diana Estupiñán – Soy tuya

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Sus manos recorrían mi cuerpo en tiernas caricias. 

—Eres mía —me repetía a cada instante. 

—Soy tuya, ahora y siempre —respondí. 

Nuestros labios se fundieron en un solo beso, cargado de deseo y posesión. 

—Eres mío —le dije, mientras con mis manos lo iba desnudando.

Su cuerpo se puso duro a mi contacto. Se tumbó en la cama y yo encima de él.

Con mis piernas me aprisioné a sus muslos. Me sorprendí, por lo osada que era. Me fui desnudando, sabiendo que él me seguía con la mirada. Era el momento. Con una mano liberé su miembro, estaba listo, pero yo quería tomarme mi tiempo. Lentamente lo fui acariciando y luego cambié la táctica. Era mío. De arriba a abajo, con movimientos precisos, él estaba en la cima. Mi boca ocupó la labor que hacían mis manos. Su respiración era entrecortada. Lo estaba disfrutando. 

—Eres traviesa —me dijo.

Luego de unos minutos, estalló. Con los ojos cerrados y su respiración agitada, se fue encargando de cada ola de deseo que salía de su cuerpo. Lo dejé, y me dirigí a la ducha. Me encontraba caliente. En breves minutos ya lo tenía atrás mío. Me abrazó por la espalda, con una mano cubrió mis senos y con la otra mi sexo.

—¡Estela, despierta! —me regañó mi madre

Me negaba a salir de la cama. Solo fue un sueño, y mi madre se había encargado de estropearlo en la mejor parte. 

—Mamá, déjame dormir —respondí.

—Llegarás tarde al trabajo —me dijo y salió dejándome sola en el cuarto.

Luego de una ducha bien fría para aplacar la calentura que sentía, salí rumbo al trabajo. Durante el trayecto no dejaba de pensar en aquel sueño. «Tengo que terminarlo», me dije a mí misma.

Era una tarde soleada, y mis compañeros de oficina estaban visitando clientes. Solo estaba él, mi jefe. Las cortinas cerradas de su oficina significaban que no quería ser molestado. 

Siempre me pareció un hombre interesante. Un hombre soltero, cuyo único problema era ser adicto al trabajo. Toqué su puerta y me permitió pasar. Estaba solo, atento a sus documentos, con la camisa remangada. Bastó ver esa escena para ponerme caliente. Me acerqué decidida y lo besé, no fue un beso cualquiera, era un beso que transmitía puro deseo. 

Lo agarré frío, dudó unos instantes, pero me correspondió. Sus manos me subieron la minifalda, dejando al descubierto mis medias de encaje. Una mano me tomó por el cuello, empujando para que el beso sea cada vez más intenso. Y la otra, no demoró mucho en encontrar mis bragas y hundirse en ella. Una y otra vez repitió lentamente ese proceso. Yo gemía, y faltaba poco para correrme en sus dedos cuando decidió llevarme al sofá. Me sentó y acto seguido me abrió las piernas. Su boca ahora sería la que se encargaría de todo. Y así fue, la calidez de su boca me cubrió. Éramos solo él y yo. Él atendiendo mis deseos mientras yo me sumergía en ese clímax loco, que es el orgasmo. 

—Eres mía —me dijo.

No era necesario que lo diga, desde el primer toque lo supe. Era suya.