Fabiola Napurí – Fumando espero

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Diana encendió el cigarrillo, entornó sus ojos, humedeció sus labios y, al compás de «Fumando espero», se estiró en el chaise longue

Fumar es un placer genial, sensual… 

El vestido negro y corto, con escote en la espalda, ceñía su cuerpo. Elevó sus piernas, torneadas y firmes, envueltas con medias de seda negras y que culminaban en unos stilettos de color rojo, el mismo color que sus labios. 

Fumando espero al hombre a quien yo quiero, tras los cristales de alegres ventanales…

La habitación está a media luz y, sobre la mesa, cubierta con un mantel negro, ha colocado un pequeño florero con unos claveles rojos. También hay chocolates, fresas y dos copas de cristal junto al vino tinto. Todo lo que a él le gusta. 

Y mientras fumo, mi vida no consumo porque flotando el humo me suele adormecer

Diana se abandonó a esa agradable sensación al permitir que el camino tanguero, a través de sus oídos, penetre todo su cuerpo. Su cerebro se erotiza cada vez que aspiraba el cigarro 

Tendida en el chaisse longue, fumar y amar. Ver a mi amante solícito y galante, sentir sus labios besar con besos sabios y el devaneo sentir con más deseos cuando sus ojos veo, sedientos de placer… 

Ese tango le recuerda las placenteras sensaciones de sus cuerpos en movimiento, ese apoyo mutuo de sus sentidos entregados, sus manos resbalando por su desnuda espalda, sus ahogados gemidos. 

Por eso estando mi bien es mi fumar un edén…

Exhaló el humo y bebió un sorbo de vino. Escuchó pasos y su respiración se aceleró.

¡Valencia!
Dame el humo de tu boca. Anda, que así me vuelves loca. Corre que quiero enloquecer de placer sintiendo ese calor del humo embriagador que acaba por prender la llama ardiente del amor…

Alto, mandíbula ancha, todo en él se relaciona con el poder, la madurez, la virilidad y la agresión. Sus ojos, como siempre, tienen esa expresión neutral que siempre la intrigó. Se acercó y ella percibió su olor, ese que despertaba todos sus sentidos y le erotizaba la piel.

Valencia, sin decir palabras, abrazó a Diana y ella sintió sus firmes y fuertes manos acariciando su desnuda espalda…

Buscó sus labios y la besó como solo él sabía hacerlo, con besos sabios mientras, suavemente, le iba deslizando el vestido. Como siempre en esos encuentros, Diana no llevaba ropa íntima, solo medias negras que tanto excitaban a Valencia. 

La giró bruscamente y, mientras besaba su espalda, empezó a acariciar sus pechos para luego rozar, con la yema de los dedos, la aureola de los pezones. Diana paso de una sensación placentera a un gozoso cosquilleo. Se separó de él y, sin voltear, caminó contoneándose hasta la mesa. Bebió un poco de su vino y lentamente comenzó a sacarse las medias. 

Quedó parada frente a él. Desnuda en sus emociones y desnuda en su cuerpo, esperando ansiosa las manos y la energía que solo Valencia sabía producirle y que culminaba en una explosión de liberación repentina y placentera, emoción que  Diana rogaba que no acabara.