Juan Manuel Dávila – Encuentro en el sauna

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Estaba distraído, casi dormido, tal vez por el calor de la cámara de vapor y la rutina que fue bastante fuerte ese día. En esa densa neblina divisé una sombra. Era fácil adivinar que me observaba, lo cual no es habitual en un sauna. Por lo general, hay personal dando vueltas, ya que siempre hay algún atrevido por ahí.

La cámara de vapor estaba programada para apagarse y luego prenderse. El calor era fuerte, pero ni él ni yo nos movíamos. Era inevitable sentir curiosidad y, lo admito, morbo también. Solo éramos él y yo, la cámara era pequeña, nos separaban dos metros de distancia y un denso vapor que no permitía reconocernos. Es curioso cómo se crea, en un ambiente así, una atmósfera inusual y sugerente, donde piensas que, si das el primer paso, puedes recibir una respuesta muy placentera o tal vez una reacción violenta. Pero a veces dicen mucho los gestos, los movimientos, o simplemente el silencio. El saber que hay un contacto visual entre ambos, no poder vernos a los ojos y la moción de los cuerpos como sombras entre nubes de vapor, genera perturbación y ansiedad, que muchas veces puede quedar solo en ideas y sensaciones de algo que te pareció o creíste que podía pasar.  

 El calor me ganó y no me quedó más que salir y meterme a la ducha fría. Mientras me quitaba el bramante, sentí el sonido de la puerta de la cámara cerrarse y una mirada detrás de mí. Las duchas no tenían puertas, solo cortinas. Cuando volteé para correrlas, observé un cuerpo bien formado dándome la espalda. También entraba a la ducha.

No sé cuánto tiempo estuve en el sauna, sabía que debía regresar. La cámara estaba apagada y era fácil ver en su interior. Me senté en una esquina; él ingresó. Era un poco más bajo que yo, joven, con una encantadora sonrisa. Se sentó frente a mí y me clavó la mirada, sonrió y me preguntó lo que todo el mundo me pregunta.

—¿Te dolió?

—Las dos primeras veces sí —contesté. Quedó sorprendido.

—¿Puedo tocarlos? 

Asentí. Mientras tocaba mis piercings, su rostro travieso y curioso no me quitaba la mirada de encima.

 —Me gusta tu barba y ese tatuaje es perfecto —me dijo.

La cámara se volvió a encender; seguíamos solos. Con las miradas encontradas, deslizó su mano hacia abajo y sonrió. Mordí sus suaves labios y nuestras lenguas se encontraron. Lo aprisioné en mis brazos apoyándolo contra la pared mientras lo besaba y estrujaba. Los bramantes cayeron al piso y el acercamiento se hizo más intenso, más salvaje. Raspé mi barba sobre su cuello, mordí su oreja y sentí como se estremecía. La sensación de que esa puerta podría abrirse en cualquier momento y descubrirnos, sentir cómo se desesperaba… era arrechante.

Salí de la cámara. El calor era intenso y lo dejé ahí de pie.

Después lo encontré en el pasillo, intercambiamos sonrisas.

—Disculpa, fui descortés —le dije—. Me llamo Ramiro, un gusto.

—Hernando —me dijo presentándose y estrechándome la mano—. No te preocupes, te portaste como todo un caballero.