Tanía Huerta – Feudo

publicado en: Capitular | 0

—Mi sumisa hermosa —lo escuché decir pegado a mi oído, sus brazos rodearon mi cuerpo marcado por el látigo negro, lustroso, que brillaba sujetado por su mano. Arrodillada entre sus piernas, acepté sus caricias, ese abrazo que me envolvía al calor de su cariño después de la entrega.

Momentos antes, mis dudas se despejaron, aceptando mi sometimiento a él. Sobre la cama quedó mi cuerpo boca abajo, ofreciendo mi espalda a su azote. Bajé la cabeza entre mis brazos por respeto a mi Señor y cerré los ojos sintiendo su presencia alrededor, sus pasos, presintiendo sus movimientos. Se posó tras de mí. Su figura imponente me envolvía haciendo latir mi corazón con más aceleración.

Las puntas del látigo tocaron mi piel e infinidad de lazos de cuero, que acariciaron mis nalgas, desconocidas aún a ese tipo de halago, se deslizaron como delgados dedos afirmando su dominio. Los azotes fueron aumentando en intensidad, cada golpe era una explosión de novato placer sobre mi cuerpo encogido. Entreabrí los labios, escuchándome a mí misma en un sorpresivo gemido. Ladeé el rostro; de reojo lo observé imponiendo su feudo. Su brazo, levantado en grácil movimiento, dejaba caer la fusta sobre mi desnudez. Una acción de su muñeca propinó el golpe que me hizo encender; el ardor extraño, el sublime dolor sobre mi sexo que se abrasó por vez primera a ese tipo de goce.

Me puse de pie, posé las manos sobre la pared fría, que contrastaba con mis palmas calientes y mi corazón que ardía. 

La fusta se presentó de sorpresa sobre mi espalda, que la recibió dócil, entregada. Rodeaba mi cuerpo, abrazaba mi cintura como el amante más fogoso. El impacto seco en mi columna confirmó su supremacía sobre mí, las marcas en mi piel firmaron, con su propia rúbrica, el enlace de por vida. 

No lo miraba, me gustaba sentir el calor de su cercanía, escuchar su respiración agitada, presentir su presencia, sentir el castigo impuesto por su mano que me indicaba que era suya. Tan suya que una sonrisa secreta se presentaba a cada azote, a cada ardor, a cada dolor, a cada gemido silencioso. Mi vientre se agitaba en el orgasmo inevitable del calor de mi sexo y el placentero dolor. Mi espalda ardió.

Sentado en la cama, haló mi mano y me acercó a su cuerpo. De espaldas a él, admiró su obra, su aliento volvió a dibujar cada línea que el látigo estampó, sus manos delinearon mis formas acariciando su lienzo. Sentí el apretar de mis senos entre sus dedos abiertos, el placer se escurrió entre mis muslos que añoraban a su dueño.

—Mi sumisa hermosa —escuché, pegado mi rostro en su pecho, con su loco corazón hablándome de sentimientos. Un beso en la frente y un abrazo que devolvió el alma a mi cuerpo, fueron el epílogo de la entrega al hombre al que pertenezco.